Áyax. resumen. autor:sófocles.

mayo 13th, 2010

 

 

 

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ÁYAX.
 
Sófocles, autor de la Obra Áyax

Sófocles, autor de la Obra Áyax

                                                                                            

                                                                               

 

 RESUMEN

En el mundo antiguo, la heroicidad fue entendida como personificación de la excelencia humana. Ayax de Sófocles trata acerca del hijo del rey de Salamina. Como personaje Ayax es después de Aquiles, el mejor de los héroes que concurrió a Troya. Cuando Aquiles ha desaparecido, bien podía esperar Ayax que le adjudicaran las armas del héroe muerto. Sin embargo, dichas armas fueron dadas a Odiseo, causando la locura del príncipe de Salamina y luego, su muerte.

  

En el mundo antiguo, la heroicidad fue entendida como la personificación de la excelencia humana pues comenzó siendo sólo valentía y fuerza física. Sin embargo, luego este valor físico se convirtió en valor espiritual. Se trataba ya del dominio sobre sí mismo, de un poder controlar todas las pasiones que esclavizan al ser humano. Las narraciones que por primera vez manifestaron el deseo de heroísmo, la necesidad de una superioridad sobre el resto del mundo y que permitan al hombre escapar de la banalidad de la vida, constituyen un género literario fácilmente reconocible entre los demás, se trata de la epopeya. Así, las epopeyas, junto a fragmentos épicos y, posteriormente, las tragedias, se constituyen en el crisol en el cual se concretan los sueños épicos. Al recrear las figuras heroicas, generalmente se vislumbran seres solitarios, sin embargo, éstos, a menudo, más que encarnar el heroísmo individual terminan encarnando el heroísmo colectivo de un pueblo. Es de esta manera como se verá que la figura del héroe centro y núcleo del relato y soporte de la narración, se constituye en símbolo verdadero para la identificación de miles de otros individuos. El término «héroe» como los términos «amor», «vida» y «muerte» es poseedor de una gran riqueza significativa. Las enciclopedias entregan una multiplicidad de definiciones acerca de esta palabra. En este sentido, se ha elegido la más simple, pero que a su vez mejor se ajusta al espíritu de este trabajo:

“El que se distingue por sus acciones extraordinarias o su grandeza de ánimo”.

Pero más allá de toda definición, héroe es quien encarna ese sueño común a todos los hombres de todas las épocas, quien encarna el anhelo de escapar de una vida opaca para acceder a la luz. Es decir, héroe es el que posee la voluntad de abandonar la tierra a fin de surcar el espacio, de olvidar la chatura de lo cotidiano para transformarse en dios.

Ahora bien, uno de los rasgos más relevantes del comportamiento heroico entraña una notoria paradoja: el héroe es poseedor de un valor paradigmático en su mundo y si lo tiene es en virtud a una conducta inusual, insólita, incluso equivocada a las pautas valóricas comunes de la sociedad a la que pertenece. Esas pautas, a menudo, el héroe no las respeta, puesto que las sobrepasa y las trasciende, creando así su propia moral.

De acuerdo a lo anterior, si la actuación del héroe aparece desmesurada es simplemente porque se la juzga a partir de parámetros comunes de una sociedad que, antes que nada, trata de evadir los riesgos amparándose en valores fijos e inalterables.

Bien se podría pensar que la conducta heroica desentona, que puede llegar a constituirse en un estorbo para el grupo social, sin embargo, tanto la victoria del héroe como su derrota ­que se constituyen en sus crisis existenciales más trascendentes­ coinciden con los criterios de éxito o de fracaso de la mayoría. Es así como el valor de la conducta heroica acaba siendo reconocida y valorada aunque no acate las normas, los contratos ni los acuerdos comunes.

El concepto de «areté» ­fuertemente enraizado con el lenguaje tradicional de la poesía heroica­ designa al hombre de calidad para el que, ya sea en la guerra o en la paz, rigen determinadas normas de conducta que son ajenas al común de los hombres:

«En general, designa, de acuerdo a la modalidad de pensamiento de los tiempos primitivos, la fuerza y la destreza de los guerreros o de los luchadores, y ante todo el valor heroico, considerado no en nuestro sentido de la acción moral y separado de la fuerza, sino íntimamente unido.»

Ahora bien, es un hecho que no existe actitud heroica sin conciencia trágica, de la misma manera que no existe una real captación trágica de la vida, si esta no es contemplada a través de la acción de heroica. La ausencia de esta última, así como de una conciencia trágica de la vida, no puede menos que quebrar el sutil equilibrio que se forja en el vértice de la concepción más arcana e inherente al ser humano, ésta es la concepción heroica. Así, lo que esencialmente distingue al hombre superior de los demás no es la victoria frente a los designios del destino, sino su intransigencia frente a ellos.

 Por otra parte, no hay que olvidar que el héroe, en todas las tradiciones es antes que nada «fuerte», esto significa ser intrépido y generoso, no temer la destrucción física, no rehuir lo que puede y debe ser hecho, puesto que su compromiso, más que con un deber es con un destino o con las convicciones que atesora en el fondo del alma.

El comprometerse en una causa que vale por sí misma -al margen de las consecuencias y riesgos que conlleve- el apostar por la aventura presupone un autoconocimiento y una autovalorización del propio «yo». Así, el reconocimiento social y la estima de sí se constituyen en el premio a su comportamiento heroico, en que ha sabido llevar hasta límites increíbles su valentía y mesura. El poner énfasis en su mesura o autodominio como componentes de la valentía, no quiere decir liberar el comportamiento heroico de todo lo que tiene de locura, excentricidad y exceso. Mesura y desmesura pueden darse simultáneamente, puesto que se sabe que la medida del héroe no es la del grupo social en el que le ha tocado vivir.

Ahora bien, el héroe nunca fracasa, la muerte no desvía su carrera; tan sólo la interrumpe: triunfa de la muerte y al mismo tiempo accede a la inmortalidad por el recuerdo de sus hazañas que guarden las generaciones que lo precedan. El héroe muere, generalmente, como conviene al mito y a la leyenda, es decir, en plena juventud; aceptando la muerte como inherente a un destino personal e ineludible que finalmente se constituye en su última y más grande victoria.

En el año 442, Sófocles presentó ante el público ateniense su polémica tragedia Ayax. La tragedia trata acerca de Ayax, hijo de Telamón, rey de Salamina. Como personaje, Ayax es, después de Aquiles, el mejor de los héroes que concurrió a Troya, y el más bravo cuando éste se entregó a la cólera. Así pues, cuando Aquiles ha perecido a causa de la artera flecha de Paris, bien puede esperar el Telamide recibir la magnifica armadura del héroe muerto, labrada por los mismos dioses. Sin embargo, el juicio de los aqueos ha dispuesto las cosas de otro modo al preferir la astucia a la fuerza, al adjudicar las armas de Odiseo tras un alarde de elocuencia de este último.

La decisión de su pueblo causa estragos en el alma de Ayax, quien se deja dominar por la furia, pese de la fama que tenía de no perder la calma y, saber dominarse en todas las situaciones difíciles. Para llegar a comprender la actitud del héroe, es necesario valorar el concepto de “arete” excelencia y base del espíritu de heroísmo homérico, para el cual el reconocimiento externo y la valía interna era fijado por sus pares.

No es extraño pues, que en el paroxismo del dolor y amargura que le causaba la humillación sufrida, el héroe sólo atinara a vengar su honor con las armas, matando a quienes lo habían ultrajado. Sin embargo, el héroe pierde la razón y en su locura se lanza en contra del rebaño que acababa de obtener su pueblo como botín de guerra, creyendo que era el ejército aqueo.

Tal como lo reconoce la diosa Atenea, ha sido ella misma quien ha enviado la locura a Ayax para vengarse y gratificar también a Odiseo, su predilecto. El enojo de la diosa no es gratuito, puesto que el héroe en muchas ocasiones ha pecado de “hybris” en contra de las divinidades. Esto no significa que haya renegado en contra de ellas, sino que las desdeñó al pretender triunfar sólo por sus habilidades guerreras no aceptando la asistencia divina. La diosa no puede olvidar que en una oportunidad queriendo ayudarlo, lo exhortaba a avanzar contra el enemigo, pero Ayax reaccionó orgullosamente diciéndole que fuese a socorrer a otros, pues donde él estaba no podrían romper las filas los troyanos. Siendo la diosa la ofendida no dudó en tomar el rol de Némesis y su venganza será terrible: si Ayax ha pecado contra ella por orgullo, será sobre ese orgullo que descargará su cólera.

 La tradición y el mito puntualizan los agravios que han sufrido los dioses de ese hombre desenfrenado. También se cuenta que su padre Telamoneo, cuando Ayax iba a partir a la guerra, le habría dicho que se esforzara en vencer, pero siempre con el auxilio de los dioses, pero el hijo le habría respondido que prescindiera de esa ayuda, pues con ella hasta un cobarde podría vencer.

Es un hecho cierto que Ayax concibió su plan homicida antes de que le sobreviniese la locura, pero tampoco se puede negar que su ira fue provocada por una ofensa y gravísima a su honor ­al no ser reconocida su valía por sus pares transformándolo- en otro que el que fuera.

Al comenzar la tragedia, se aparece la diosa Atenea a Odiseo, el cual anda en busca del culpable del exterminio del ganado, sus sospechas apuntan a Ayax. Las primera palabras de la diosa reproducen la imagen que la tradición y la epopeya homérica forjaron del rey de Itaca, su predilecto.

“¡Así, siempre así habré de verte! Buscando, hurgando y urdiendo alguna treta contra tus adversarios (…) Rondas y vas y vienes y escudriñas diligente las huellas de sus pasos (..). Di, más bien cuál es tu empeño. Yo lo sé, puedo darte noticias.”

Atenea ­que claramente ha tomado el partido de su protegidoserá la encargada de revelarle los pormenores de los hechos ocurridos y no contenta con eso, lo hará salir de su tienda para que se ridiculice a sí mismo, al mostrar su locura en público. En esta escena, Sófocles, pese a conservarle las características tradicionales de Odiseo, le otorga una nueva faceta que lo enriquece. Sanamente, pero con firmeza trata el Laertíade de impedir la acción de la diosa que se burla del héroe caído.

“y; no es lo más grato reír de su enemigo?”

Aquí el hombre se muestra más grande que la diosa implacable. Ninguna palabra de alegría o de triunfo acude a sus labios, puesto que la situación de Ayax sólo le produce piedad y aún más, lo hace reflexionar con amargura acerca de “la nada” del ser humano.

“Él me aborrece, pero yo lo compadezco.

 Infeliz. En qué infortunio está sumergido. ¡Y no menos pienso en mí que en él. Y veo que somos todos los vivientes, no otra cosa que fantástica ilusión y sombra pasajera que se esfuma.”5

En las conmovidas palabras del héroe no existe otra cosa sino el sentido más profundo del pensamiento del poeta, cuyo núcleo se sitúa en la oposición irremediable entre el ingenio humano ­facultades, inteligencia, anhelos- y o los designios o planes de los dioses. Tanto es así, que es justamente en ese vértice donde sitúa la esencia de todo lo trágico. Es también en esta escena donde la diosa interpreta con claras palabras la posición de los dioses con respecto al hombre.

“¡No digas jamás palabra alguna altanera contra los dioses. Si la fuerza te llena de vigor, si la riqueza se te acumula, no te enaltezcas engreído de ti mismo un día basta para abatir la humana grandeza y un día basta para elevarla.”

De esta forma, no es el orgullo el que debe resaltar el hombre mesurado, sino que debe reflexionar prudentemente acerca de lo transitorio de la vida y acatar resignadamente los designios divinos, puesto que, como dice Atenea:

“A los que obran con mesura los dioses los aman y aborrecen a los malvados.”7

Si Ayax hasta ese momento se encontraba aún ebrio de sangre y esperando triunfar sobre sus enemigos; ahora, poco a poco, ha ido despertando de su demencia encontrándose con la horrible realidad. Ha recibido la peor afrenta que a un guerrero le es dado concebir, pero él, a su vez, ha atacado a los suyos. Esta situación, muy pronto no será un secreto entre los aqueos, puesto que la conoce su temible enemigo Odiseo.

El personaje, también en la tragedia, es dueño de esa dualidad que le otorgó Homero. Si en cierta ocasión se le ve actuar noblemente, en otras, si la situación lo requiere, se le verá hacerlo en forma ruin, como el propio coro lo admite.

“Consejas con que, cual murmullo le ve de sus labios, va Odiseo, calumnioso dejando, en los oídos. Y hay quien le crea. Que es fácil la mentira.”

Ayax, si no se arrepiente ha comprendido por lo menos que lo más débil debe ceder a lo más fuerte, debe someterse a la decisión de los dioses y de los Atridas que son los jefes del ejército. Un solo camino, predeterminado para él de un modo ineludible por su propia manera de ser, era el que debía recorrer Ayax. Ahora sólo le resta enfrentar su destino y morir. En una playa desierta ­lugar preferido para los sacrificios­ coloca la espada de la desgracia entre dos rocas, como si un enemigo la sostuviera, y se precipita sobre ella sin ninguna vacilación. Durante la guerra de Troya un sorteo lo designó para luchar contra Héctor en combate singular. Tras un día completo de lucha el resultado fue el empate y los adversarios, a sugerencia del troyano, se despidieron haciéndose mutuos regalos.

 

“Ea hagámonos magníficos regalos para que digan aqueos teucros: combatieron con rodeor encono y se separaron por la amistad unidos.”

Después de estas palabras entregó a Ayax una espada guarnecida de clavos de plata y éste, a su vez regaló a Héctor un vistoso tahalí teñido de púrpura. Éste acto cambió la suerte de ambos y, sólo desgracias debieron enfrentar a partir de entonces los dos héroes.

Con la muerte de Ayax no concluye la tragedia, puesto que los jefes Atridas tratan de impedir que su cuerpo fuese sepultado y se le rindieran los últimos honores fúnebres. Es la última escena de la tragedia y en las postrimerías de ella aparece Odiseo. Su presencia dará la pauta de lo que será el desenlace final.

Su actitud es la del héroe que sabe respetar la autoridad, pero que, consciente de su valía y respeto de que goza, es capaz de enfrentar sabiamente, incluso el rey si lo sabe equivocado.

“No dejes que ese hombre quede sin sepultura, ni que sea arrojado a la ventura. No te venza la ira en su violencia, al grado en que llegues por odio a tu enemigo a pisotear la justicia misma. También fue mi enemigo en el ejército, desde aquel momento en que yo obtuve las armas de Aquiles. Y eso no me ciega para decir que ante mí yace el varón más valiente y esforzado de cuantos a Troya vinimos, con excepción de Aquiles. No tienes tú derecho a afrentarlo. Más herirías a las divinas leyes que a éste. Injusto es a un héroe deshonrar, si yace muerto por muy grande odio que se le haya tenido.”

Con su sabia elocuencia trata de hacer comprender al rey las razones que le asisten para defender a su enemigo.

“yo lo digo: lo aborrecí cuando era honroso aborrecerlo (…). Fue mi enemigo, pero era un valiente! (…) Me avasalla el dolor mucho más que el odio.”

Sin embargo, no hay que olvidar que Ayax es un héroe en todo el sentido de la palabra. Indudablemente, se constituirá en un espíritu tutelar y en un guardián para los valientes, pero esa condición sólo la podrá ejercer si posee un sepulcro y un lugar donde puédase practicar los ritos de conmemoración. Así, negarle el sepulcro sería privar a las futuras generaciones de un personaje paradigmático.

Indudablemente, Odiseo lo había comprendido así y como siempre en su humanidad, es posible encontrar un toque de conveniencia.

La obra concluye cuando Agamenón, contra sus deseos, pero aceptando los consejos de Odiseo, concede a Ayax su derecho al sepulcro. Es entonces cuando la disputa queda zanjada; la muerte no sólo ha restablecido su propio honor, sino también el equilibro que había sido perturbado con su proceder. El mundo ha vuelto a su situación de reposo.

 

 

 

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